Noticias & artículos

  |    
18/01/2019 - German Moreno

Diálogos improbables

Por Diego Bautista.


Los diálogos improbables son una pieza imprescindible en el rompecabezas de la transición que vive Colombia.

¿En dónde estamos?

Casi dos años después de haberse firmado el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera con las Farc, la implementación del mismo ha venido avanzando en medio de tortuosas dificultades políticas y de operación institucional. Aunque haya un cúmulo de tareas pendientes no despreciable al frente, atrás quedaron ya procesos como la dejación de armas, el tránsito a la vida política, el inicio de la reincorporación de los excombatientes y la aprobación de algunos proyectos de ley que le dan viabilidad jurídica y cumplimiento a lo acordado.
  
Colombia está hoy en plena fase de transición, no solamente de transición política debido al reciente cambio de gobierno, sino de transición histórica como resultado de haber dejado un largo conflicto armado atrás y haber entrado a enfrentar con mayor énfasis otros desafíos, que se han hecho evidentes en el campo político y en las distintas tensiones sociales que se han venido haciendo cada más visibles en los territorios. Estos retos deberán ser abordados por la dirigencia del país con liderazgo e inteligencia en los próximos meses, años y décadas.

Además de detonar los puntos fundamentales, como los contemplados en el tema agrario, de superar los retos operativos de la implementación -hoy más evidentes-, y  de avanzar en el cumplimiento del mandato de la institucionalidad ya creada, uno de los mayores desafíos de esta transición será enfrentar los efectos negativos de la polarización política en sus distintas manifestaciones.

Es importante considerar que estos efectos son resultado no sólo de las posturas opuestas entre sectores políticos frente a algunos temas estructurales del Acuerdo Final logrado con las Farc, sino de las fuertes tensiones entre las distintas maneras de abordar el desarrollo económico que involucran discusiones como las de extractivismo frente a conservación o de la agroindustria frente a la pequeña economía campesina, por citar un par de ejemplos.

La gobernabilidad será un desafío para los próximos años, tanto en el Congreso de la República -debido al surgimiento del pluralismo político que está mostrando su vigor-, como en el territorio -por las distintas tensiones sociales que se presentan en un país dividido y con ineficacias para recuperar y mantener la presencia plena del Estado y el control territorial-.

En ese escenario, no serán suficientes las acciones legislativas o ejercicios de planeación y emprendimiento de proyectos de la manera tradicional. Además de garantizar las condiciones de seguridad y legalidad, se requiere que en los territorios se avance en la generación de condiciones para la convivencia y la reconciliación que permitan desactivar los riesgos de violencia y hacer realidad la premisa esencial de desligar el uso de las armas del ejercicio de la política, pues solo así se puede asegurar la no repetición del conflicto armado en Colombia.

En este sentido, desde las diferentes orillas políticas han venido creciendo las voces que proponen avanzar hacia un acuerdo o pacto nacional: el presidente mismo viene insistiendo en un 'Pacto por Colombia', y en el acuerdo con las Farc, por ejemplo, se plantea avanzar hacia un Pacto Político Nacional que involucra un esfuerzo regional. 

No obstante, un pacto político o un acuerdo nacional no surgen espontáneamente ni se decretan. Tampoco son una tarea exclusiva de las instituciones gubernamentales. Deben ser construidos y validados desde los territorios y con una amplia participación, involucrando especialmente a las comunidades de las regiones más afectadas por el conflicto armado y promoviendo procesos de diálogo y acciones efectivas que hagan frente a las conflictividades del territorio. Un acuerdo de esta naturaleza debe surgir del proceso mismo de construcción de paz territorial.

En un contexto de construcción de paz más amplio que el de la implementación de los puntos del Acuerdo con las Farc, y ya en el escenario natural del abordaje del futuro y del desarrollo del país y sus regiones-incluso aquellas que relativamente fueron menos afectadas por el conflicto- es claro que éstas transitarán de manera cada vez más creciente por complejas conflictividades derivadas de las diversas y opuestas visiones acerca de las dinámicas de desarrollo económico y social en cada territorio.

Desde la perspectiva de la implementación del Acuerdo de Paz, el adecuado trámite de esas conflictividades territoriales será especialmente importante, por ejemplo, en las discusiones sobre el uso, la tenencia y la legalización de la tierra; en los diálogos regionales para encontrar conveniencias entre los diferentes modelos de desarrollo rural; y en los espacios donde es necesario acordar visiones de convivencia entre comunidades étnicas, campesinos y empresarios.

En el corto y mediano plazo, por ejemplo, la existencia de espacios de diálogo entre intereses diversos u opuestos será crucial para mejorar las condiciones y resultados de los ejercicios de participación contemplados en estrategias institucionales regionales como los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), o en diálogos sobre desarrollo rural en las regiones.

En la dimensión de la verdad y la reconciliación, el reto será lograr que esos procesos avancen -ante las profundas fragmentaciones que persisten especialmente en regiones todavía afectadas por lo que sucedió en el conflicto armado- en ambientes de desconfianza y pugnacidad tanto entre los actores como entre estos y las instituciones encargadas de promover esos procesos. Promocionar espacios donde se logre la concurrencia de liderazgos regionales -que representan o son expresión de sectores que estuvieron involucrados o afectados por el conflicto armado- puede contribuir a mejorar las condiciones para lograr escenarios de convivencia a partir de los cuales sea posible avanzar en la reconciliación y en la 'no repetición'.

De regreso al terreno del desarrollo y sus desafíos, es evidente que irán en aumento las tensiones sociales en distintos territorios y por distintas causas asociadas o a la histórica deuda social del Estado o a la definición de las apuestas económicas regionales para los próximos años. Las tensiones entre modelos de producción y conservación ambiental o aquellas discusiones alrededor de las zonas de reserva campesina o modelos como las Zidres son otro ejemplo de esto.

Y aquí, una vez más, se hace patente la necesidad de crear escenarios de diálogo constructivos, metodológicamente sólidos y eficientes en sus resultados.

En un contexto más amplio, el escenario de polarización política y ciudadana frente al acuerdo de paz y frente a algunos de sus componentes, así como la a en que se viene haciendo la discusión de otros temas de la agenda pública, corroboran la necesidad de promover y emprender estos ejercicios de encuentro entre opuestos, no sólo como una condición necesaria para avanzar en los procesos de recuperación de confianza y reconciliación, sino también para generar el involucramiento de actores diversos y enfrentados en procesos territoriales, pues esto permite generar espacios civiles de contención de amenazas a líderes y organizaciones sociales, y de sanción o control social frente a prácticas violentas utilizadas para resolver diferencias o preservar intereses o derechos.

Posicionar en la agenda pública del país el diálogo entre opuestos como un mecanismo idóneo para el fortalecimiento de la democracia y el Estado Social de Derecho debe ocupar un lugar primordial en la agenda de los Colombianos. Recientemente presenciamos un bosquejo de esto que ha sido hasta ahora escaso: líderes políticos sentando un referente para sus airadas huestes al dialogar y acordar puntos concretos en el proceso de discusión sobre la JEP. Alentador.

 

Sí es posible 

Hoy hay en marcha en el país diferentes iniciativas de diálogo de tipo sectorial y múltiples espacios de diálogo de organizaciones de base. Estas se caracterizan, en general, por no congregar actores con diferencias profundas, sino por ser diálogos entre actores con intereses y expectativas comunes entre sí, lo que podría denominarse como  diálogos del 'yo con yo'.

Con excepciones valiosas como el proceso de diálogo minero GDIAM y otros pocos y todavía incipientes procesos,  es escasa la existencia o promoción de espacios no institucionales de carácter nacional con participación de liderazgos divergentes para la discusión de temas estructurales; o de espacios en el nivel territorial que congreguen liderazgos locales de alto nivel alrededor de los desafíos del posconflicto o de temáticas potencialmente conflictivas en el futuro inmediato de sus regiones. 

Con la metodología de 'Diálogos Improbables' se vienen realizando desde hace un año dos procesos que muestran que sí es posible emprender ese camino. En Cesar y se ha logrado establecer un espacio de diálogo entre líderes con derechos e intereses sociales, económicos y políticos diversos y contrapuestos, y con posturas y visiones distintas frente a los temas relativos a la convivencia y el desarrollo. Los grupos están conformados por personas representativas de la región y con capacidad de influencia en la vida de sus territorios.

De manera confidencial, han establecido un espacio de confianza -premisa esencial del proceso- en el que se han venido reuniendo con periodicidad, y ya han empezado a vincular a otros actores relevantes en sus regiones, para lograr -mediante el ejemplo con sus coterráneos-  mostrarle al país cómo convivir en la diferencia y cómo abordar las conflictividades sobre temáticas críticas para el desarrollo de sus departamentos.

Durante este tiempo, en un territorio de alta complejidad como el Cesar, han podido confirmar no solo que sí es posible juntarse a pesar de las grandes diferencias, sino que también es posible llegar a consensos construidos efectivamente sobre como coexistir de manera más inteligente en el mismo territorio, y aún más: que se pueden abordar, desde lo local, las problemáticas más críticas del desarrollo económico y social de la región. 
Se trata también de promover, a través de la práctica, una cultura basada en el diálogo y el reconocimiento básico del otro como un interlocutor válido en lo político, lo social, lo económico, lo cultural y lo humano, así como de potenciar la riqueza de la diversidad de pensamiento y contribuir a la no estigmatización.

Es difícil sobreestimar las bondades que pueden conseguir estos espacios: logran incluir, vincular y articular en procesos relevantes en sus territorios a líderes locales que han estado tradicionalmente excluidos de las decisiones sobre temas de alto impacto en sus regiones; generan las condiciones para la creación de una masa crítica local de la sociedad civil que pueda ejercer el liderazgo local y lograr una interlocución con las autoridades nacionales y locales; permiten crear o incrementar capital social y reconstruir tejido social; facilitan el logro de acuerdos mínimos de largo plazo; mejoran la calidad de la discusión pública y mitigan la polarización. Incluso, contribuyen a mejorar las condiciones efectivas de seguridad y prevención frente a amenazas a líderes o poblaciones vulnerables a través de redes de control social o de un relacionamiento activo y constructivo con los gobiernos y autoridades locales.

Los diálogos improbables son una pieza imprescindible en el rompecabezas de la transición que vive Colombia. Todos deberíamos tomar la iniciativa y contagiar a otros para participar en esos procesos.

Tomado de La Silla Vacía (Sección La Silla Llena)

Link: https://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-paz/historia/dialogos-improbables-68791